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[Reseña] Los recuerdos del porvenir


Elena Garro

Poco se habla de una de las mayores novelas hispanoamericana del siglo XX. Opacada tal vez por varios mitos de su publicación, Los recuerdos del porvenir es un punto de quiebre en las letras mexicanas, pero que no obtuvo una presencia avasalladora como otras novelas del conocido boom latinoamericana que vinieron posteriormente. Publicada en 1963, y cuya escritura data desde el 50-51, esta novela contiene ya algunos gérmenes de lo que se conocería como realismo mágico y de la novela revolucionaria, aunque no llega ser ni lo uno ni lo otro. Lo que marca esta narración es un sentido crítico y realista de la revolución, de historias entretejidas en un pueblo casi olvidado y cuyo tema fundamental es el tiempo y la muerte.

Con una prosa exquisita en figuras líricas y descripciones, Los recuerdos del porvenir se divide en dos partes narradas por una sola voz: Ixtepec, el propio pueblo como una entidad ubicua, comunitaria y atemporal. En la primera parte, Ixtepec se cuenta a sí mismo, otorgándonos señales de su historia, sus integrantes y sus fantasmas. El pueblo se encuentra sacudido por los vaivenes de la Guerra de los Cristeros, y cuyo régimen local se ve determinado por el militar Francisco Rosas. Tiránico y temerario, Rosas  solo sucumbe ante una sola persona: Julia, figura clave en esta parte de la narración. También conocemos a los Moncada, familia de gran abolengo, respetados por todo el pueblo y cuyos hijos Isabel, Nicolás y Juan, serán personajes decisivos en la segunda mitad. Con sus ademanes casi aristocráticos, los Moncada poseen una de las tradiciones más raras que se describen en la novela: a cierta hora de la noche, retiran las manecillas del reloj de su casa, en señal de que el tiempo se detenga hasta el siguiente amanecer. Por último, se cuenta la llegada de un ‘fuereño’, bautizado como Felipe Hurtado. Un hombre calmado y misterioso que es llevado en alta estima por los Moncada, aun sin saber de dónde ni quién era realmente. Será la presencia de Hurtado el detonante del declive de Ixtepec: caminando bajo un aguacero, sin mojarse, rescatará a Julia del encierro obligado por Rosas y escaparán juntos sin rumbo conocido.

En la segunda parte, se agudizan los estragos por la Guerra de los Cristeros (conflicto armado entre los revolucionarios y los grupos católicos). Los militares llegan al pueblo, cierran el templo y asesinan al sacristán y al sacerdote, aunque no encuentren el cuerpo del segundo. El pueblo teme, pero nunca se arrodilla. Todas las noches se oyen arengas de ‘Viva Cristo Rey’, con anuncios pegados en sus puertas, aunque nadie sabe de dónde provienen o quién las dirige. Las masacres suceden a vista de todos. Ixtepec pierde su ruido para ser una tumba desangrada. Encuentran a los dirigentes y sospechoso del extravío del cuerpo del sacerdote. En la desesperación, los Moncada urden su última estrategia: arman una fiesta, donde invitan a todo el pueblo y cuyo agasajo central será para Felipe Rosas. El objetivo era la fuga de los prisioneros. El general, cauto y conocedor de las peores intenciones, voltea su plan: todos bailarán y festejarán hasta que él vuelva de una diligencia, con riesgo de castigo o muerte. Y del regocijo, la autora nos traspasa al horror y la decadencia, describiendo a personajes embriagados hasta el vómito, mujeres que mueren de infartos, hombres que pierden la cordura, músicos que sangran de tocar sus instrumentos sin parar. La sentencia a muerte llegará posteriormente e Isabel Moncada, una anti heroína de esta segunda mitad, intentará salvar a su hermano Nicolás del fusilamiento, pero será tarde. Y con una culpa insoportable, llorará hasta convertirse en piedra.

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