¿Quién es Robert Walser? Por su nombre, suena a otro escritor europeo. ¿Entonces qué de especial tiene entre sus contemporáneos? Creo que nada más especial que el reconocerse no especial, intrascendente, vulgar, pobre, servidor y pequeño. Tal vez esa haya sido la ambición del escritor: caminar hacia el empequeñecimiento. Y caminar fue el ejercicio más común de Walser, al contrario, por ejemplo, de Proust, quien escribió postrado en su cama. Caminar, como dijo algún filósofo, enciende la sabiduría. O algo así.
Con estas brevísimas referencias al autor, nos iniciamos en Los Hermanos Tanner (1907), novela que narra las peripecias de Simon Tanner, un joven novato en la experiencia de la vida adulta. Cabe decir que esta narración no se consuma por fantásticos hechos, ni giros de tuerca, ni aventuras trepidantes. Es, más bien, como si la voz narrativa fuese el propio lector, como si presenciáramos en vivo a Simon y sus extensa caminatas, donde solo sus meditaciones lo acompañan mientras otras personas se cruzan ante él.
Ha sido complicado darle un horizonte crítico a esta reseña, porque me he sentido ampliamente identificado con el protagonista en diferentes oportunidades. Simon Tanner es la persona hambrienta de vitalidad, pero no de comida; ambicioso de conocer y escuchar, pero no de aprender ninguna profesión; atento a su entorno y quienes se aproximan, pero indiferente a los vaivenes burgueses de su tiempo. En suma, Simon es aquel que no puede estar en un solo trabajo, que ha renunciado a encauzarse en alguna profesión, y que solo se conforma con servir ocasionalmente, ser subyugado, y contemplar la naturaleza. Tiene una inclinación a la grandilocuencia, a la exuberancia oral, al soliloquio que encanta y desarma al oyente, a ser un seductor inconsciente del verbo. Esta cualidad será su pase para entablar conversaciones con variopintos personajes que transcurren en la historia, quienes, de un modo u otro, terminan ayudándolo, sea por asombro o por lástima.
A través de él es que conocemos a sus hermanos, los Tanner. Klaus, un pintor perfeccionista, de innegable talento; Kaspar, obrero y futuro burgués, ahogado en las obligaciones y holgado en privilegios; Hedwig, profesora de una escuela en el campo, confundida entre su vocación y las expectativas de ser esposa de alguien; y Emil, el mayor, el más querido, el mejor ejemplo de vocación para Simón, pero que perderá su rumbo y consciencia hasta terminar sus días en un manicomio. Estos son los hermanos y pareciera que todos fuesen una sola persona. Un Tanner tiene un matrimonio con la desdicha y, sin embargo, es también dichoso.
"La desdicha es hermosa. Es buena porque también contiene a la dicha, su contrario. Se presenta equipada con dos tipos de armas. Tiene una voz airada y destructora, pero a la vez otra suave y entrañable. Nos permite hartarnos de cosas bellas y, estirando sus dedos, nos señala otras nuevas. ¿Un amor desdichado no es acaso el más rico en sentimientos y, por tanto, el más tierno, delicado y bello? Y ser abandonado ¿no tiene acaso resonancias suaves, benéficas y halagüenas? A la mayoría les falta valor para saludar en la desdicha algo donde podamos bañar nuestra alma, como nuestras piernas en el agua"
Nótese que esta novela tiene un fuerte rasgo autobiográfico. A decir verdad, en el transcurso de los soliloquios de Simon, no es más que el propio Walser hablando desde sus experiencias y sus hermanos son representaciones de los otros, los de sangre. Inclusive ronda la teoría de que el propio Walser predijo su muerte, en el episodio donde Simon narra un sueño donde un hombre caminaba sobre la nieve y, para aliviar una tos, un niño le entrega un copo de nieve para sanarlo. Al ingerirlo, deja de toser, y también de vivir.
Así podría añadir microrrelatos que yacen en el deambular de Simon, como la homoerótica amistad con el enfermero Heinrich, el engaño a la casera que le alquilaba un cuartucho frente a una callejuela oscura, los borrachines que conocían a su hermano, y otros personajes que solo llegan a Simón para contrastar su propia visión de la vida.
Estaría estupendo que esta novela saliese del círculo hermético de lectores 'de culto'. No es que me considere partícipe de ese club, sino que, investigando, Walser no ha tenido una difusión plena más allá de referencias de escritores como Kafka, Hesse, Proust, o contemporáneos como Vila-Matas o Patricio Pron. Y este reclamo es porque Los hermanos Tanner tiene los insumos adecuados para un lector adolescente, para mostrarles a un personaje que comparte el miedo, la rebeldía, la irresponsabilidad, la afrenta hacia el futuro organizado y monetizado. Expresa los pensamientos de alguien que lucha contra el mundo desde el sosiego y la servidumbre. Nos cuestiona la hiperactividad laboral de estos tiempos. Nos invita a pasear, a conversar, a observar, sentir y vivir el presente.


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