Ir al contenido principal

Las luces


Las vi en Huarocondo. Desde que partimos, sin embargo, solo nos rodean gigantescas siluetas que cortan la extensión de los nubarrones sobre nosotros. Por su lado, el conductor rebusca algo en la guantera. Extrae una pequeña memoria USB y la conecta al equipo de sonido. Reproduce  una balada a un volumen apenas audible. Será su manera de alivianar este viaje, pienso. Nos había advertido que el trayecto duraría más o menos dos horas, siempre que no hubiera tráfico a la entrada de la ciudad. Probablemente, nos encontramos a la mitad del camino, aunque ya no tengo prisa.

Luego de unas seis o siete canciones, el copiloto, un hombre de espalda ancha y cuello corto, duerme sin el cinturón abrochado, y el sujeto al otro lado de este asiento cabecea esporádicamente, ajustando sus lentes de tanto en tanto. Inclusive a Leonardo le cuesta mantenerse despierto, como si luchara en vano contra el sopor. Yo, por mi parte, no puedo dormir. Me resigno entonces hacia las enormes siluetas del exterior. Hay algo enigmático en su longitud, en aquel horizonte trémulo que va dibujándose a medida que avanzamos. Bajo el cristal de la ventana para oír al exterior, pero solo llega hasta mí el sonido de la velocidad y del viento. La penumbra absorbe cada minúsculo centímetro.

El pensamiento me mantiene alerta, pero la visión de esta oscuridad me inquieta aún más. El vehículo desacelera para avanzar cuidadosamente por un desfiladero. Zigzaguea mientras desciende. La luz de los faroles me permite reconocer un bosque de pequeños eucaliptos a mi izquierda. El suelo escabroso tuerce la tracción del carro y nuestros cuerpos se sacuden, saltan, rebotan. En caso el conductor perdiera el control, caeríamos por unos cincuenta metros, pienso, una muerte segura. Este fue el mismo camino cuando ascendimos horas antes con los otros viajeros. Para ese momento, el sol exacerbaba la belleza de cada detalle. El fulgor penetrante y a la vez finísimo apaciguaba nuestro ánimo a la vez que se extendía sobre las hojas de los qolles o en las tiernas flores de los chachacomos. Recuerdo también los olores fuertes como remezones, la voz perenne del Vilcanota, las conversaciones de los pájaros, las cortinas de polvo, el tren azul y un sinfín de notas. Fue así como me perdí en una orquesta salvaje.

Otro brusco movimiento, pero esta vez me sustrae de la ensoñación. Regreso al panorama siniestro, a las mismas montañas a las cuales la noche, verduga y  austera, les arrebató su verdor matutino. No son los sentidos sino el propio espíritu encarando esto que no sé bien cómo llamar. Por alguna razón, me cuesta demasiado nombrar las cosas como las conocía. Advierto que los faroles están apagados y avanzamos en plena oscuridad. Quizás deba preocuparme, pienso, pero parece que estamos en alguna autopista de un solo sentido y ya pasamos el trecho más difícil, aunque no recuerdo cuándo pero y si todavía seguimos bajando, pienso, por qué han apagado las luces. 

Giro levemente la cabeza para ver al conductor por el retrovisor, pero descubro que no hay nadie al volante. Tampoco está el copiloto, ni el sujeto de lentes ni Leonardo. Me estremezco y desespero por salir. El vehículo, al contrario, va perdiendo velocidad hasta detenerse unos metros más adelante. Jalo el pestillo del seguro de la puerta, pero la palanca no cede. Estiro la manga derecha de la chompa, cubro por completo mi puño y golpeo con todas mis fuerzas el cristal, pero no puedo romperlo. Las lunas empiezan a empañarse. Es el momento donde me doy cuenta que mis latidos están a punto de reventar mi pecho, que mi cabeza empapada exhala un vapor espeso y que con la lengua puedo sentir la textura de mis labios resecos. 

Una hebra de luz descose la noche. Rompió un relámpago la quietud. Y con ello, mis músculos, en vez de contraerse por la sorpresa, sienten una tremenda liberación similar al animal que huye de la jaula. Un sabor amargo llega hasta mi boca. Estoy tan exhausto como si hubiera caminado eternamente. Intento varias veces abrir la puerta, pero no lo consigo. La fatiga aumenta y puedo percibir la dureza de mis huesos, mientras la visión se hace cada vez más borrosa. Piensa, pienso, piensa, por favor. Así que solo se me ocurre levantarme, con la espalda medio encorvada, para balancear todo mi peso sobre mi lado izquierdo y empujar la puerta mientras sostengo la palanca. Esta vez cede y caigo de bruces hacia la tierra. Ahora el frío se suma al calvario. Pasé de inmediato al cero absoluto. Contemplo por un brevísimo instante al vapor del interior deshacerse en transparentes virutas. El sudor se me enfría en la nariz. No consigo ver más allá del siguiente paso, ni siquiera logro reconocer propiamente mis piernas ni mis brazos. No es posible, pienso, no es posible que me cuesta tanto ver mis propias extremidades y, por el contrario, aún pueda distinguir la silueta de este Toyota del noventa y tres y que sea la única cosa en todo esto que tenga color. Serán los caprichos de la oscuridad, pienso.

Aún cuando sigo exhausto, sin saber tampoco por qué, avanzo unos pasos delante del automóvil para comprobar si aún permanecía al borde del barranco. Son tan espesas las tinieblas que me invade el temor inminente de caer. Doy media vuelta para buscar alguna señal de luz, pero solo queda la misma pestaña plateada en el cielo. Si esto es un sueño, espero que termine pronto, pienso, porque el dolor se me hace demasiado real para no estar despierto. Una punzada al lado derecho de mi cadera me inmoviliza por un segundo. El miedo se transforma en necesidad y grito auxilio, ayúdenme, estoy perdido. Retorna la agitación en mi pecho y mi respiración se entrecorta. Me pongo de cuclillas, pero no resisto por mucho tiempo y apoyo las manos sobre la tierra. En esta patética posición, trato de avanzar, sabiendo perfectamente que de esta manera jamás llegaré a ningún lado.

Irrumpe otro relámpago, azota la quietud. Levanto la vista y veo, no tan lejos, un conjunto de diminutas luces que se mueven cerca y aleatoriamente. Entiendo que la distancia entre ellas y yo ha de ser casi infinita, puesto que mi cuerpo no resistirá por mucho. Sin embargo, tengo que hacerlo, pienso, no puede ser que vaya a morir en la mitad de la nada, que todos se hayan desaparecido como si nunca hubieran estado conmigo. Así que reúno el último vestigio de fuerza en las  piernas y me levanto. Ya no solo en la cadera, sino en el hombro izquierdo y parte mi rostro padecen punzadas terribles. El mareo embiste, pero no me resigno, aún no, por favor. Camino lentamente, arrastrando las suelas de las zapatillas. Hace tanto calor, pienso, pero  es imposible si hacía un instante el frío era lo más doloroso. Tal vez ya esté cerca el amanecer, si no fuera porque no sé cuánto tiempo llevo aquí.

El peso que cargo se aligera a medida que las luces se distinguen más cerca. Incluso me convenzo de que puedo correr. Sí, pienso, puedo correr, total, ya no me queda otra opción que llegar a las luces, aunque la respiración, pienso, la respiración se vuelva un problema. Está decidido, pero lo haré progresivamente. Amplio el espacio entre cada paso. Sin sobresaltos. La tierra húmeda no resulta mayor obstáculo para correr. Eso es. Empiezo a trotar y percibo que las luces se dirigen hacía mí. Probablemente, sea la esperanza que todo distorsiona, pero da igual. Necesito llegar a las luces. Ellas continúan en su danza irregular, trazando formas irreconocibles, armonizadas en el caos. Reconozco la tenue sonrisa en mi cara, porque el dolor no ha dejado de agudizarse. Continúo trotando hasta conseguir la estabilidad para acelerar. Otra vez, mi cuerpo siente la misma liberación como el animal que escapó de la jaula. De repente, el dolor de las punzadas desaparece y un tremendo alivio me embriaga. Así que no lo pienso más y me entrego a la velocidad, a la euforia del escape. 

Las montañas que una vez doblegaron el valor, ahora pierden su inmensidad, reducen su dimensión mientras me acerco a las luces. Estas, por su lado, ya no se notan tan inquietas. Han formado un conjunto ordenado y se mueven, ahora sí estoy seguro, hacía mí. Parece que es una procesión, pero no se observa a ninguna persona. En un momento, giro para mirar al Toyota, pero aún sigue detrás mío. Otro miedo me recorre la piel. ¿Acaso no llevo corriendo un buen rato?, pienso, ¿cómo es posible que no me haya separado del vehículo? Y cuando regreso hacia las luces, mi pie izquierdo sufre un fulminante letargo. Luego el derecho. Me ralentizo, pero no son mis piernas. Veo que la tierra se ha vuelto pantanosa, que a cada paso que doy me hundo y ya no veo mis pies. Caigo nuevamente sobre mis manos que terminan por hundirse junto al resto de mi cuerpo. El olor de la tierra me provoca náuseas y el calor me genera bochorno. En la desesperación, muevo incesantemente mis brazos, pero resulta inútil. El barro me devora rápidamente o soy yo quien se deshace. Ahí es donde me rindo y cierro los ojos. 

A través de mis párpados llega un resplandor. Unas manos me sacuden enérgicamente con la intención de recogerme. Oigo la voz de un hombre que me pregunta si estoy bien. Estoy bien, pienso, si aún estoy vivo, estoy bien, pienso. Otras voces se unen al cuestionario. También hay un agudo calor que me rodea como un abrazo. Entonces abro los ojos y veo a una seis o siete personas paradas a mí alrededor. Cada una de ellas sostiene una pequeña antorcha, cuyo fuego se mantiene quieto como escultura. Me observan con gran determinación; parecieran observar a un fenómeno o algo más exuberante. ¿Dónde estoy?, digo por fin, ¿quiénes son ustedes? Antes de responderme, sonríen con una ternura casi irónica. Algunos aguantan la risa hasta que uno de ellos, el más viejo, de espalda ancha y cuello corto, me responde que estamos en Huarocondo y que son viajeros como yo. 

Experimento una enorme satisfacción de haber encontrado a otras personas que puedan ayudarme a volver a la ciudad. Entumecido, trato de erguirme, pero aún siento la resaca de todo lo ocurrido. El hombre, viéndome luchar, se apiada y me levanta. A continuación, el resto de los viajeros aplaude, aunque no les entienda. Debes descansar, me susurra el hombre, te ves fatal. Su voz tiene un peso tal que me resuena en la cabeza por largo rato. Llévenme a la ciudad, por favor, les digo, necesito volver. Extrañado por mi petición, se detiene y me observa con profunda tristeza. Su rostro, severo y de notable ceño, se transforma en una especie de súplica. Quédese con nosotros, joven, allá afuera es muy peligroso. Lo siento, señor, pero necesito volver. A continuación, levanta la mano y el resto del grupo se detiene. Bajan las antorchas hasta que el fuego iguala la altura de sus miradas. Me desprendo del apoyo de su hombro y titubeo unos pasos. Si quieres volver, puedes subirte a ese carro, me explica. Te tomara solo unas horas hasta llegar a tu destino. De la emoción, olvido lo ilógico de que todas esas personas caminen en vez de viajar en ese vehículo rojo. Me despido, agradecido por su apoyo, y abro la puerta izquierda trasera. El espacio me resulta familiar. Al sentarme, están otras tres personas y el conductor aguardando. Rápidamente, como si lo único que hubieran hecho fuera esperarme, arranca el motor y acelera por un sinuoso camino. Por el retrovisor, observo como los fuegos se empequeñecen como luciérnagas.

Comentarios

Entradas populares de este blog

[Reseña] Los recuerdos del porvenir

Elena Garro Poco se habla de una de las mayores novelas hispanoamericana del siglo XX. Opacada tal vez por varios mitos de su publicación, Los recuerdos del porvenir es un punto de quiebre en las letras mexicanas, pero que no obtuvo una presencia avasalladora como otras novelas del conocido boom latinoamericana que vinieron posteriormente. Publicada en 1963, y cuya escritura data desde el 50-51, esta novela contiene ya algunos gérmenes de lo que se conocería como realismo mágico y de la novela revolucionaria, aunque no llega ser ni lo uno ni lo otro. Lo que marca esta narración es un sentido crítico y realista de la revolución, de historias entretejidas en un pueblo casi olvidado y cuyo tema fundamental es el tiempo y la muerte. Con una prosa exquisita en figuras líricas y descripciones, Los recuerdos del porvenir se divide en dos partes narradas por una sola voz: Ixtepec, el propio pueblo como una entidad ubicua, comunitaria y atemporal. En la primera parte, Ixtepec se cuenta a s...

[RESEÑA] Los chicos de la Nickel

Solo se puede salir indemne de Los chicos de la Nickel sin haberla leído. No existe manera que no te sumerjas plenamente en la historia. Desde la admiración ante un estilo maduro y ágil de la narración hasta el horror o desolación por la miseria y despojo de sus protagonistas, transita de igual forma la ansiedad por lo impredecible, la revoltosa esperanza o la convicción por una revolución dentro de esta novela, ganadora del Premio Pulitzer 2020. El segundo reconocimiento para un autor cuyo anterior libro, El ferrocarril subterráneo , también Pulitzer, vuelve a interpelar al lector ante la precariedad de un primigenio sistema carcelario para menores de edad, en la que en su raíz más profunda y nefasta confluyen el racismo, la segregación y la violencia. En esta obra, es posible reconocer  tres tipos de relatos: el de iniciación o aprendizaje, el histórico y el  político. Reconocer no significa distanciar; al contrario, Whithead construye en este periplo un juego de tiempos, d...