¿Cómo podría escribir otra canción de amor si ya no estás? Es la misma pregunta que se repite entre los jirones del humo del incienso que se esparce por la habitación. El olor a canela que intento perpetuar durante tu ausencia. La misma pena de un domingo que se difumina entre mi llanto. Espero nuevamente a la lluvia que convertirá mi sollozo en otro rumor de agua. Mi amor, cariño, ¿por qué ya no estás?
Cada uno de los signos pasó frente a mis ojos y no pude advertir el hilo de donde pendían cada uno de ellos. Cuando cerraron la puerta, pensé que sería otra inquietante tregua de silencio y distancia. Ya venía acostumbrada por la zozobra de tu idas y venidas. Sabías perfectamente que tu lengua era más poderosa en tus palabras que en los besos. Pero yo fui quien eligió tu piel sobre lo demás. Como estrategia, solo buscaba un refugio permanente para dormir el resto de las noches de la primavera. Luego sería tarde para enamorarse.
Ahora veo a través de la persiana a las gentes transitando, como hormigas desinteresadas por la comunidad y el ritmo. Es el mundo que pierde poco a poco la consistencia de su sentido. Podría adivinar, entre todos esos rostros insípidos, si eres tú con nuevo camuflaje. Elegiría al azar al primero que tenga tu estatura, la cicatriz entre tu anular e índice, los dos lunares contiguos al lado derecho de tu cuello, las pequeñas arrugas entre tus cejas o las marcadas venas de tus brazos. Sin embargo, no volverás a estar aquí. Empieza la lluvia y no estás.
Entre el desorden del cuarto, busco la corbata añil que usaste el día de nuestra última cita. Dijiste que la habías olvidado entre las sábanas, pero no es así. La dejaste sobre la repisa, encima de un libro de Schweblin. La estrujo entre mis manos. Luego la froto suavemente por el reverso de mi mano. No pienses que soy tonta, sé que ya no volverás. Solo entiende mi urgencia de revivirte bajo cualquier forma. Este olor es tu fantasma.
Hondo silencio que solo amplia esta desgraciada soledad. Paso por el espejo de la sala y encuentro mi rostro como si de una hibernación centenaria despertase. Ni el rubor de la mañana disimula mi pálido cariz. Desearía haberte abrazado tan fuerte como cuando de adolescentes creíamos que el futuro sería cualquier otra cosa menos lo que ahora sucede. Otra vez me digo que ya no volverás. Sigo mirando de reojo la puerta, por si el absurdo me demuestra, por primera vez, lo equivocada que estoy.
Entonces suena el teléfono y no quiero contestar. Por dos segundos me mantengo firme, pero sé quién llama y para qué llama. Una voz al otro lado me dice que encontraron tu cuerpo en la avenida Central. Vuelvo a llorar, mi amor, mi cariñito. ¿Por qué ya no estás?
Para Rocío

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