Tenía 15 o 16 años cuando escribió "La Biblia de Neón", su primera novela. Eran los años cincuenta y a pesar de sus esfuerzos, ningún editor estuvo interesado en la publicación del manuscrito. Tres décadas después, en 1989, llegó a ver la luz en gran parte por una nueva cruzada liderada por su madre, quien consiguió anteriormente la publicación de '"La conjura de los necios", aquella insuperable novela del joven escritor John Kennedy Toole. Era la confirmación del genio demostrado.
¿Por qué he iniciado con la edad del escritor durante la gestación de la novela? En primer lugar, porque esta es una de esas narraciones donde la edad sí es un factor determinante en la concepción y visión de la misma. Siendo puntual, la historia de La Biblia de Neón es la de un niño llamado David, habitante de un miserable pueblo en el Sur de Estado Unidos, a quien acompañamos desde su propia voz a las agridulces experiencias que encarna durante una década de crecimiento. Este niño, a quien conocemos desde los seis años, nos develará una perspectiva conjunta, y a veces compleja, de crecer en una sociedad cerrada, religiosa, sacudida por los estragos de la segunda guerra mundial y partícipe de una colectividad tóxica y vigilante.
Una de las figuras estelares de la novela es la tía Mae, una mujer adulta de aproximadamente setenta años, artista de bares convertida en una cantante de cierto renombre local. Ella es la mujer que encauza la vida de David, inclusive más que su propia madre. Pero la tía Mae es también una representación de la dicotomía entre modernidad y viejo estilo.
Al principio la notamos caracterizada con vestidos coloridos, de estampados floreados, sombreros llamativos, perfumes seductores y maquillaje cautivador. Luego atraviesa por una temporada hogareña, asumiendo las responsabilidades y quehaceres de la casa, pero, en paralelo, conoce a Clyde, un músico que le abrirá las puertas a nuevos negocios del arte y el espectáculo. Es mediante la afinidad de la tía Mae con el arte y el performance que el autor esboza una de las variadas críticas de la sociedad norteamericana conservadora a lo largo de la novela. La renuencia a la vida cosmopolita, artística y nocturna es mal vista por los habitantes, siendo estos una suerte de pregoneros de la fe y las buenas costumbres.
Tía Mae irrumpe la pasividad y normalidad pétrea del pueblo; resulta incómodo su presencia e influencia en cualquier persona. Nadie querría relacionarse con ella, a razón de ser señalado como inmoral. Y todo este revuelo a razón de su vestuario. Cabe destacar que la figura de la tía Mae no es el de la mujer fuerte, poderosa o sacralizada. Esta es una de las virtudes del escritor al describir a sus personajes: hombres y mujeres de matices, altibajos, sin extremos, que pueden conmover una vez y a la siguiente resultar incómodos. La experiencia humana retratada.
Por otro lado, David observa en tía Mae, a lo largo de sus primeros años, un modelo alcanzable, luego una compañía sincera y, finalmente, un recuerdo agridulce. Estos estadios son magistralmente contados sin caer en complejidades a lo Dostoievski o Proust. La narrativa de Toole enciende interés por un lenguaje directo y sin excesivos rodeos discursivos u ontológicos. Recordemos que la historia nos llega por la experiencia de vida de un niño de seis años volviéndose adolescente. Es, en alguna forma, el propio autor a los dieciséis años explorando su entorno, utilizando un otro para hablar desde su yo.
El protagonista es como un testigo en la mayor parte de la historia. Es él y el mundo. Y este mundo es solo un marginal pueblo entre las colinas, que obedece a un mecanismo gregario de conducta, donde la voz líder es el predicador, y cuya fuerza de ejecución es el sheriff. Religión y policía: dos cimientos de la sociedad estadounidense. Hay un episodio brillante que es el de la visita del pastor Bob Lee Taylor. El pueblo se alista, con bombos y platillos, para recibir a un sujeto proclamado como profeta, una voz autorizada de Cristo, un farol entre el pecado mundano. La secuencia de ejercicios confesionales, oraciones, plegarias, socorros y rebautismos extraña a un ingenuo David. No entiende el esmero o desesperación de los adultos por participar en aquellos rituales. Era consciente de no pertenecer a aquella lista de feligreses exclusivos del predicador, y aunque escuchaba los sermones de vecinos, aconsejándole anotarse a él y su familia, a David ciertamente le da igual. Para un niño, no existe diferencia entre el ritual exacerbado o la oración a solas. De hecho, le resulta escandaloso e innecesario. Hasta se cuestiona la utilidad del diezmo si Cristo nunca pidió dinero.
Otro aspecto interesante de la novela es el contexto histórico en que se ubica. A mitad de la novela, se dan los llamados a los hombres para la segunda guerra mundial. El padre de David es llamado a alistarse, junto a otros del pueblo. Ante este nuevo cambio de la normalidad, las mujeres conforman una nueva clase obrera. Tía Mae se vuelve una líder carismática e intrigante. Es en esta temporada que David aprecia una dimensión desconocida hasta entonces de la capacidad de las mujeres para organizarse. Un pueblo dominado por el espíritu religioso fundamentalista y el posicionamiento del rol de la mujer exclusivo al ámbito doméstico y privado. Se respira un nuevo aire de libertad, alegría y esperanza. Esto es, sobre todo lo demás, su alimento diario a la expectativa de la vuelta de esposos, hermanos e hijos.
Al término de la guerra, los hombres vuelven y se instaura una nueva etapa, que involucra el regreso de la mujer al circuito doméstico y lo que históricamente conocemos como el 'baby boom'. Embarazos por doquier. El contraste ante la festividad colectiva resalta en que el padre de David no vuelve. Muere en la guerra. No se sabe más que estuvo en Italia y una fotografía del cementerio donde fue enterrado. Este objeto se vuelve en una suerte de talismán maldito para su esposa. Ella cae en una vorágine de depresión y aislamiento, incrédula de la muerte de su esposo. Lo que vuelve esta relación más compleja aún y, digamos, sufriente es que antes de partir a la guerra, ambos tuvieron un violento episodio, donde ella fue golpeada por reclamarle el dinero que necesitaba para cocinar. Una situación nada atípica ni ajena a nuestros días. Su padre tenía una obsesión con fertilizar el campo aledaño a la casa con coles y otras verduras. No hubo ningún fruto más que pinos. Este campo y la fotografía se convierten en asfixias para la madre de David. Por cómo nos cuenta, al jovencito le duele la degradación de su madre, pero también le tiene miedo. Deja de reconocerla un poco más cada día que pasa. Se vuelve en una sombra, un manojo de arrugas y tristeza. David no quiere pensar en ella ni pasar tiempo a su lado. Por suerte, tuvo a tía Mae para sobrellevar este derrumbe.
Hay otras aristas de la novela que sería necesario mencionar. El amor adolescente, el primer beso, el primer trabajo, la prematura vida nocturna, el entendimiento de las relaciones adultas, la percepción de una sociedad tóxica y vigilante, dispuesta a expulsar a los diferentes con el fin de mantener la sempiterna normalidad, la precaria e indulgente educación primaria, el acceso a las oportunidades de estudios superiores y más. Pareciera, por la multiplicidad temática, que tratásemos de una obra extensa y fatigosa, pero es todo lo contrario. Como mencioné, el lenguaje es un pivote para que el lector no frene su interés por la vida de David. Y la extensión tampoco es caprichosa: menos de doscientas páginas para casi una década de vida. No hay elucubraciones metafísicas, sino sentimientos y naturales reacciones de un novato. Pueblo chico, infierno grande. Y un niño creciendo como sea posible entre la media orfandad, la soledad, el trabajo, el conservadurismo y las oportunidades de clase. ¿Cómo sobrevivir en un pueblo donde la iglesia tiene una biblia de neón como anuncio publicitario, que persigue a tu madre por considerarla loca y contraria a la tranquilidad? El hombre fue un niño que nunca pensó convertirse en aquel hombre. El Leviatán también nace con nosotros.


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