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La muerte se escribe sola




Los versos de Blanca Varela son huracanes. O abismos. O golpes. O duchas frías. O calientes. O desgarros. O temblores. O incendios. O músculos. O pájaros. O rabia. O muerte. O resurrección.

Anteriormente, había leído algunos de esos fragmentos dispersos y náufragos que están por las redes. Hace unos tres días, conseguí la antología "Como Dios en la nada", que reúne distintos poemas desde 1949 hasta 1993. En ellos, se vislumbra un arco de evolución, desnudez y silencios que me ha dejado anonado, como un K.O. Recién me levanto de la lona para escribir este breve artículo.

No puedo abarcarlo todo si intento hablar del universo poético de Varela. Me parece, en estas circunstancias de herido y vapuleado, una labor ardua e inconcebible. Posee una paleta de visiones, imágenes, símbolos y, sobre todo, silencios, que para cualquier lector no le resultaría indiferente. Estoy seguro que al menos un solo verso de Varela puede conmover al universo. A veces, eso es todo lo que necesita la poesía.

Se percibe como un sinsabor de pertenencia, una angustia por la ubicuidad, una habitación fúnebre:

Aquí en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre ciego
pupilas luminosas y vacías,
o habito el interior de un fruto muerto, 
esa asfixiante seda, ese pesado espacio.

En otro rincón, la memoria juega con nosotros. No entendemos los sueños, cuya materia somos nosotros como experiencia constante e informe, pero tampoco comprendemos nuestro pasado a cabalidad. Se sobreponen. Son diáfanos:

Toda la palidez inexplicable es el recuerdo.

No creas que los versos de Varela son vorágines de melancolía. En ellos también reposa un ardor incesante, el amor asolapado y emparejado a la muerte, la pareja más antigua de la humanidad:

Tal vez la muerte detrás de esa sonrisa
sea amor, un gigantesco amor, 
en cuyo centro ardemos



Uno de los temas transversales a la poética de Varela es el tiempo y el ser humano. No existe una reconciliación plena con el tiempo, como si renegase o lamentase ser víctima de sus cuerdas:

de lo inexacto me alimento
y toda el agua de los cielos es incapaz de lavar
esta ínfima y rebelde herida de tiempo que soy

Como añadidura, la vida misma es un estadio previo a la muerte. O tal vez siempre estuvo rodeada o pertenezca a un rincón de ella. De todos modos, el cuerpo es un signo de resistencia y de consciencia propia de la finitud. Es además el espacio vulnerable y putrefacto que habitamos:

ah señor
qué horrible dolor en los ojos
qué agua amarga en la boca
de aquel intolerable mediodía
en que más rápida que lenta
más antigua y oscura que la muerte
a mi lado
coronada de moscas
pasó la vida

Podría continuar con una larguísima lista de citas y fragmentos, pero les dejo ese placer por descubrir. Por último, les comparto uno de los versos más bellos, pertenecientes al poema "Auvers-sur-oise". Aquí se exploran el tiempo y la naturaleza como una composición salvaje, el ser humano y su carne y sentidos. Hay como una profanación de lo sagrado de la longevidad, la pérdida de la inocencia, la nada misma. Es una ceremonia de todo lo anterior. La estrofa IV es quizás una de las cimas de esta antología:

Porque ya no eres un ángel sino un hombre solo sobre dos
   pies cansados sobre esta tierra que gira y es terriblemente
  joven todas las mañanas.
Porque solo tú sabes que hay música, jadeos, incendios,
  máquinas que escupen verdades y mentiras a los cuatro
  vientos, vientos que te empujan al otro lado, a tu hueco
  en el vacío, a la informe felicidad del ojo ciego, del oído
  sordo, de la muda lengua, del muñón angélico.
Porque tú gusano, ave, simio, viajero, lo único que no sabes
  es morir ni creer en la muerte, ni aceptar que eres tú
  mismo tu vientre turbio y caliente, tu lengua colorada,
  tus lágrimas y esa música loca que se escape de tu oreja
  desgarrada.



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