Las vi en Huarocondo. Desde que partimos, sin embargo, solo nos rodean gigantescas siluetas que cortan la extensión de los nubarrones sobre nosotros. Por su lado, el conductor rebusca algo en la guantera. Extrae una pequeña memoria USB y la conecta al equipo de sonido. Reproduce una balada a un volumen apenas audible. Será su manera de alivianar este viaje, pienso. Nos había advertido que el trayecto duraría más o menos dos horas, siempre que no hubiera tráfico a la entrada de la ciudad. Probablemente, nos encontramos a la mitad del camino, aunque ya no tengo prisa. Luego de unas seis o siete canciones, el copiloto, un hombre de espalda ancha y cuello corto, duerme sin el cinturón abrochado, y el sujeto al otro lado de este asiento cabecea esporádicamente, ajustando sus lentes de tanto en tanto. Inclusive a Leonardo le cuesta mantenerse despierto, como si luchara en vano contra el sopor. Yo, por mi parte, no puedo dormir. Me resigno entonces hacia las enormes siluetas del exterior...