Días convulsos y desangrados que aún no terminan. De las multitudes, pancartas y gritos hemos transitado al descontento y la náusea general. Otra vez, somos el residuo de una tierra acalambrada. Una revolución ahogándose entre dinero, favores y teleprónters. ¿Cuándo será la hora?
En Tengo miedo, torero, Pedro Lemebel narra los entresijos de un amorío estacional durante las revueltas en Chile ante el fallido atentado contra Pinochet. Un país también convulsionado por la dictadura y el ahogo político y económico. Hay en esta historia una atractiva belleza que no recurre al romance normado desde la heterosexualidad. Es la identidad travesti, el género danzante, la dicha de labios y faldas, lo que maquilla e interioriza a este relato. Y el agrio contraste con las conspiraciones y rebeliones aunado con la música y esa tragedia de telenovela, conspiran con el lector para un acercamiento más íntimo hacia aquellas sublimes revoluciones que sacuden al mundo.
Una novela contraria a los cánones. Contraria, inclusive, a los límites estilísticos de la novela en sí. Lemebel explora y expone ese otro sitio, tan tierno como misterioso, pero sufriente y real, como el travestismo y la transformación por el tiempo:
"Un aureolado azogue moho bordeaba su reflejo cuarentón en el cristal, y la resaca de los años se había aposentado en charcas acuosas bajo los ojos. La nariz, nunca respingada, pero alguna vez recta, había sucumbido a la gravedad carnosa de la vejez. Pero la boca que antaño abultaba con rouge mora su beso travesti, todavía era capaz de atraer un mamón con el mimo labial de su humedad perlescente. Nunca fue bella, ni siquiera atractiva, lo supo de siempre. Pero la conjunción maricoipa de sus rasgos morochos había conformado un andamio sombrío para sostener un brillo intenso en el misterio de sus ojos. Con eso me basta, se conformó altanera entornando los párpados con un aleteo de pestañas mochas".
No obstante, el gran telón de fondo es la dictadura de Pinochet. Lemebel vuelve a retar los estándares de lo que podría ser una novela romántica para centrar su ojo en los vaivenes políticos y sociales de la época. Carlos es un revolucionario que participará en el atentado contra Pinochet, a fin de terminar con el régimen. La Loca, por su parte, es una costurera y travesti que elabora manteles, vestidos y otros ajuares por encargo. Ella, enamorada, sospecha que Carlos está inmerso en algún plan paramilitar, pero intenta esforzadamente ignorar ese aspecto y solo complacerlo con tal que de tener su compañía.
Otro de los aspectos no menores de la novela es la introducción de escenas casi eróticas a un tono lírico que engatuza y advierte de un final insospechado o, como recurre en la novela, que no llega a darse ante las expectativas de la protagonista. Es su imaginación quien prueba las mieles del placer futuro, pero es también su esperanza matutina o alivio nocturno para la soledad que la apabulla. Lemebel juega con la caracterización de los cuerpos y sus edades, entremezcla la piel tersa y las arrugas con polvos, el músculo hinchado o la suavidad de los dedos:
"Carlos roncaba profundamente por los fuelles ventoleros de su boca abierta. Una de sus piernas se estiraba en el arqueo leve del reposo, y la otra, colgando del diván, ofrecía el epicentro abultado de su paquetón tenso por el brillo del cierre eclair a medio abrir, a medio descorrer en ese ojal ribeteado por los dientes de bronce del marrueco, donde se podía ver la pretina elástica de un calzoncillo coronado por los rizos negros de la pendejada varonil. [...] Tuvo que sentarse ahogada por el éxtasis de la escena, tuvo que tomar aire para no sucumbir al vacío del desmayo frente a esa estética erotizada por la embriaguez".
La novela es abundante en escenas y referencias. Desde aquella tarde de picnic donde ambas ríen, disfrutan y gozan frente a los montes, en medio de la yerba y un cielo turquesa, hasta las álgidas noches donde los militares irrumpen en casa de la Loca para buscar las pistas de los revolucionarios, Tengo miedo, torero es una alegoría del descontento y la esperanza. Se perfila un país sucumbido en el miedo. Durante toda la historia, se leen las emisiones de radio que interrumpen la parsimonia ciudadana a fin de informar sobre los últimos aconteceres políticos, así como los atentados o desapariciones por parte de los militares. Y ahí, entre toda el miedo y la incertidumbre, La Loca es la salvaguarda, el refugio y el conducto de escape para la revolución. Ella, quien llora, ríe y ama, también está inconforme con el régimen, pero conoce de sus límites para generar alguna acción concreta de cambio:
"Las lágrimas de una loca huacha como ella, nunca veríann la luz, nunca serían mundos húmedos que recogieran pañuelos secantes de páginas literarias".
Lemebel traspone los sentimientos más comunes en situaciones extremas, como el miedo y la angustia ante la desaparición. La Loca es también un súmmum de nosotras y nosotros cuando la desesperación nos acarrea y solo nos queda el amor o los recuerdos para seguir soportando:
"¿Cómo se mira algo que nunca más se va a ver? ¿Cómo se puede olvidar aquello que nunca se ha tenido? Tan simple como eso. Tan sencillo como querer ver a Carlos una vez más cruzando la calle sonriéndole desde allá abajo. La vida era tan simple y tan estúpida al mismo tiempo".
Una de las denuncias que más llama la atención es la discriminación y el escaso acceso a oportunidades como lo tiene la comunidad LGTIB. Aquí, Lemebel pone el dedo sobre la llaga en voz de La Loca:
"En todo caso, me gustaría haber sido cantante, haber escrito canciones y cantarlas, que es lo mismo que ser escritor. ¿No cree usted, señor cochero? Puede ser, princesa, que su canto sea poesía pura, como los pájaros que tampoco han ido a la universidad. Los maricones pobres nunca van a la universidad, lindo. Pero yo conozco muchos homosexuales que estudian en la universidad. ¿Y se les nota? ¿Son locas fuertes como yo, por ejemplo?"
Y así podría dar decenas de citas a una novela genuina, íntima y desgarradora. La violencia de trasfondo y el amor de relieve se permutan en cada párrafo. A veces me sentí identificado, otras veces me quebré con los pensamientos de La Loca y sus divagaciones sobre su vida y el mundo traidor que le tocó vivir. Otros pasajes, como los de Pinochet y su aldea política solo generan asco y repudio, por lo que representaron y por la banalidad del poder que les asfixiaba. Pero, en suma, es una novela que no se olvida, que volverá alguna vez más cuando termines de leerla y, sobre todo, trastocará otras aristas de una realidad que podríamos haber vivido hace dos semanas en Perú, y que yo vi, desde las pistas y entre los gases, a maricas y lesbianas luchando contra la represión y la violencia policial. No quisiera romantizar, pero tuve miedo, Lemebel. Tuve miedo del amor y de la dictadura, y al miedo lo transformé en lucha.

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